viernes, 11 de abril de 2008

Biografía de la piel - La Pesquisa

La pesquisa

Un día empezó a tatuarse el cuerpo. Primero fue una marca tímida. Un dibujo muy pequeño, que mostraba con cierta expectativa. Pero como estos signos nunca restan, y del mismo modo que las palabras dichas sólo se borran con más palabras, un tatuaje se fue acoplando al otro y ya no pudo detenerlos. Su cuerpo se transformó en el lugar común de las agujas y de los tatuadores. Así, apareció el exceso. El cuerpo quedó tomado por el dibujo y se hizo evanescente, poco menos que invisible. “Cambié de piel”, decía con entusiasmo; “metamorfosis” pensaba preocupada. Creo que él nada entendió de interpretaciones. Sin embargo, un día –otro- me preguntó cómo sería llevar una vida de serpiente.
Deseos de morir y yo no hacía más que preguntarle por el dolor. El dolor que para mí supone todo tatuaje. Él repetía que no conocía tal dolor, pero cambiaba de tema casi con violencia y yo lo dejaba hacer porque ese era nuestro arreglo.
Cada vez que desaparecía por semanas, yo sabía que se trataba de un tatuaje. Entonces salía a buscarlo por la “Bonestrit”, aunque imaginaba que no iría a estar. Sin embargo, veía su rostro entre esos rostros de dolor y cada lágrima que corría por la cara, también era la suya; y yo quería ser la chica que de rodillas se abrazaba a sus tobillos para hacer del sufrimiento un acto de valor.
Me cansé de hablar con tatuadores. Me cansé de preguntarles si sabían dónde estaba. Ninguno quería ser entregador y me daban evasivas por respuestas. Pero me entristecía percibir al mismo tiempo, los restos de su voz en otra frase que se transformaba en otra frase y en otra voz...no le digan si vuelve a pasar que mi llanto su suelo regó... Pero tal vez era cierto que no lo conocían, porque él se tatuaba en otro lado.
Muchas veces me pidió que tocara sus tatuajes y cuando pasaba mi mano por su piel, pensaba que era raro. Adivinaba los trazos sin depresión y sin relieve, en una escena armada sólo para los ojos – los míos -. Indicios imposibles de traducir a una lengua que me fuera familiar.
Lentamente, todo se volvió un poco más amable cuando me enseñó a leer con los ojos cerrados; y también más doloroso porque llegué a descifrar mi nombre debajo de unas formas más recientes. Se trataba de una confesión o de un regalo. Pero, ¿qué podía hacer yo con su regalo?
En la confesión nos puso a todos de testigos y al mismo tiempo, nos hizo responsables. Era claro que no podía cargar solo con la culpa.
Entonces entendí que con cada paso de la aguja, se alejaba irrevocablemente. Práctica privada, culto personal. Como en la escritura – y cito sus palabras- “los demás quedan afuera”. Desde entonces su vida no estuvo ya segura y puso en juego un conjunto de procedimientos discriminatorios. Elaboró un camino del exilio, como si el itinerario al exilio le correspondiera una actividad gráfica incesante.
Su vida entró en un permanente riesgo de desaparición. Para él por sentir culpa y para mí por no entenderlo. Pero nunca llegó a desaparecer del todo, siempre volvía en el instante mismo en que lo creía perdido.
Ahora comprendo, y vuelvo a estar perpleja, eso que pasó hace tanto, cuando le pedí algún papel para escribir y me ofreció su cuerpo. No acepté ni cuerpo ni papel. Después aparecieron los tatuajes y tampoco comprendí que me estaban dedicados. Dedicatorias de nada.
Los espacios en blanco –mientras los hubo- no eran silencios porque el silencio estaba sobre las marcas. Silencios coloridos. Seguramente él me gritaba la historia de ese cuerpo pero yo nunca entendí bien los argumentos. Empecé a preguntar y preguntarme, y no me hablaba de lo que me hablaron otros: del homenaje, de la marca permanente, de la elección y del cambio, del miedo o del dolor. Él no hablaba de nada porque cada vez hablaba menos. Pero era claro que ostentaba su secreto cuando llevaba los dibujos indelebles del mismo modo que se llevan las heridas ganadas en la infancia o en el campo de batalla.
Al tiempo que empezaron los tatuajes, él dejó de participar en nuestros diálogos. El tatuaje reemplazó las palabras; pero eso no me contentaba porque yo quería el relato del tatuaje. Quería aprender la gramática del cuerpo. Sabíamos los dos que se trataba de una historia sin personajes, de una novela sin título; una historia del puro acontecimiento, del puro poner el cuerpo.
Hoy es imposible reponer el orden y la cadencia con que apreció cada tatuaje, tampoco importa. El primero es siempre el que recorta la mirada.


Biografía de la piel
Paula Croci y Mariano Mayer

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